jueves, 3 de mayo de 2007

Poder sin expansión

Los Estados Unidos habían experimentado un crecimiento, tanto en su población como en su riqueza, durante la primera mitad del siglo XIX. En la década de 1850 se habían iniciado el proceso de industrialización y un crecimiento económico sostenido, que colocaron al país a la vanguardia de la economía mundial. Sin embargo, fue al término de la Guerra Civil cuando los Estados Unidos crecieron a un ritmo sin precedentes. Entre 1973 y 1913, crecieron a un promedio del 5% anual. Este crecimiento se manifestó en casi todos los sectores de la vida económica del país. “Entre 1865 y 1898, la producción de trigo aumentó el 256%; la de maíz, el 222%, y la de azúcar, el 460%. En los sectores industriales, el crecimiento fue todavía mayor. La producción de petróleo pasó de tres millones de barriles en 1865 a cincuenta y cinco millones en 1898” [1] Mientras Estados Unidos crecía a una tasa del 5% anual, Gran Bretaña crecía a una tasa de 1.6% anual. “En 1886, los Estados Unidos ya habían desplazado a Gran bretaña como el primer productor de acero en el mundo”[2].
En este contexto, resultaba incoherente el contraste entre la fuerza de Estados Unidos y su insignificante influencia en el exterior. Después de treinta años de crecimiento del país, los intereses políticos estadounidenses eran insignificante comparados con los de otras naciones con recursos similares. Según Norman Graebner “el contraste entre los Estados Unidos como posible fuerza militar de primer nivel, y los Estados unidos como componente activo y predecible de un equilibrio mundial de poder presentaba una dicotomía”.[3] Pero el indicador para medir la influencia internacional a finales del siglo XIX era el control sobre tierras extranjeras. Entre 1865 y 1890, los Estados Unidos adquirieron Alaska y las diminutas islas Midway, y obtuvieron derechos para sentar bases en Samoa. Durante el mismo periodo, Gran Bretaña como Francia adquirieron cada una de ellas más de nueve millones de kilómetros cuadrados de nueve colonias. Y la marina norteamericana era insignificante: en 1980, no pasaba de veinticinco mil hombres, lo cual la situaba en el decimocuarto lugar en el mundo. Sin embargo, ya entonces los Estados Unidos constituían la nación más rica del mundo. La pobre marina de los Estados Unidos sorprendía. “El tema era frecuente motivo de burlas en los países europeos”.[4] La armada de los Estados Unidos era la menor entre las de las principales potencias, inmediatamente después de la italiana que era todavía ocho veces más grande que la norteamericana. Sin embargo el potencial industrial norteamericano superaba n trece veces el de Italia.
La diplomacia norteamericana se hallaba aún en peor estado que sus defensas. Sólo en pocos países importantes, los Estados Unidos estaban representados por embajadores honorarios y ministros. Las comunicaciones entre Washington y la mayor parte de las capitales extranjeras eran escasas. Los Estados Unidos asistían a muy pocas conferencias internacionales, no participaban en tomas de decisiones entre las principales potencias y, por su puesto, no promovían alianzas. Como resultado de ello, el país era considerado una potencia de segundo orden. “Ninguno de los miembros de legaciones diplomáticas enviados a Washington era embajador: hasta 1892, ninguna potencia europea consideraba a Norteamérica lo suficientemente importante como para merecer el envío de un diplomático de ese rango”.[5]
Muchos estadistas europeos, concientes del nacimiento de Estados Unidos como potencia mundial que competiría muy pronto por los recursos del mundo, revisaron su política frente a los Estados Unidos: Rusia aspiró a aliarse con Norteamérica para aumentar su presión sobre las colonias británicas; Bismark, por su parte, previó complicaciones para Gran Bretaña en la expansión de Norteamérica hacia el norte. Pero pronto quedó claro que los Estados Unidos no pensaban transformar su poder económico en participación en la vida internacional.
En parte, la razón de que se haya prestado tan poca atención al contraste entre el poder y los intereses del país está, quizás, en las muchas interpretaciones que se l da al término poder. Algunos autores atribuyen el poder a la influencia mundial. Otros definan a una gran potencia como una nación rica en recursos materiales y en este grupo de naciones se sitúa Estados Unidos durante el siglo XIX. “Al adoptar una definición de gran potencia que incluye tanto los recursos materiales como los intereses políticos, basta un periodo de diez años para que los países poderosos desarrollen intereses a la altura de sus capacidades”.[6] Sin embargo, aunque los Estados Unidos emergieron de la Guerra Civil como una de las naciones industriales más poderosas del mundo, sus intereses en el exterior siguieron siendo, en gran medida, los mismos que tenían antes de su crecimiento económico.
Hasta la década de 1950, la mayor parte de los historiadores sostenían que la política expansionista en que se embarcaron los Estados Unidos durante los últimos años del siglo XIX fue un fracaso en su historia, como resultado de su inútil política exterior. Existen diversas explicaciones de la inactividad norteamericana hacia el exterior. Algunos historiadores sostienen que en 1865, el país estaba cansado de guerra; no quería, por lo tanto, llevar una política imperialista. Pero los historiadores observan con frecuencia, después de una guerra, las naciones expanden sus intereses hacia el exterior, transformando su fuerza militar en influencia política: muchos estadistas europeos esperaban que los Estados Unidos actuaran así en 1865.
“El análisis que toma como base la seguridad nacional refleja las opiniones de algunos políticos y explica la expansión como una respuesta a las amenazas posible o reales de las potencias europeas”.[7] El imperialismo preventivo explica mejor la actitud de los Estados Unidos hacia América latina, pues esta perspectiva fija la política nacional “en una nación de vital importancia para el país, ya que cualquier otra gran nación potencialmente hostil podría haber creado allí su propia esfera de influencia”[8]. Este análisis que toma mucho de lógica del realismo defensivo, no advierte que la conducta europea fue considerada como inofensiva durante las décadas de 1870 y 1880, para ser vista como una amenaza poco después, en la década de 1890, en gran medida porque los Estados Unidos empezaron a definir entonces, con mayor precisión, sus intereses nacionales. La pregunta es: ¿por qué el país no concretó sus intereses en términos de expansión y, por lo tanto, de seguridad en aquellas dos décadas? Muchos factores que explican su proceso de expansión en la primera mitad del siglo XIX, explican su fracaso en la segunda mitad, sin embargo, la política exterior fue diferente. En ambos casos, los líderes del Estado percibieron distintas oportunidades de expandirse: algunas se tradujeron en intentos formales de expansión, otras no. El realismo clásico explica mucho mejor la política exterior del país. Esta teoría explica quince de las veintidós oportunidades de expansión registradas. Después de la Guerra Civil, los responsables principales de las decisiones sobre política exterior respondieron al creciente periodo de la nación y trataron de expandir, en varias ocasiones, los intereses del país en el exterior. La mayor parte de sus proyectos expansionistas no pudieron concretarse en política de Estado: de las veintidós oportunidades que tuvo para hacerlo, el país se expandió sólo seis veces. La razón fue, precisamente la anunciada por el realismo clásico: “los Estados Unidos no podían expandirse porque sus líderes presidían un gobierno débil, dividido y descentralizado, que dejaba poco poder en sus manos”[9]
[10]
[1] Zakaria, Fareed. De la riqueza al poder. Princeton: Princeton University Press, 1998, págs.73
[2] Hunt, Michael. Ideologia y Politica Exterior Estadounidense. New Haven, Connecticut: Yale University Press,1987, págs 74
[3] Hunt, Michael. Ideologia y Politica Exterior Estadounidense. New Haven, Connecticut: Yale University Press,1987, págs75
[4] Keohane, Robert. Neorealism and its Critics. Nueva York: Columbia University Press, 1986, págs.98
[5] Zakaria, Fareed. De la riqueza al poder. Princeton: Princeton University Press, 1998, págs.75
[6] Zakaria, Fareed. De la riqueza al poder. Princeton: Princeton University Press, 1998, págs. 77
[7] Zakaria, Fareed. De la riqueza al poder. Princeton: Princeton University Press, 1998, págs. 80
[8] Zakaria, Fareed. De la riqueza al poder. Princeton: Princeton University Press, 1998, págs. 80
[9] Hunt, Michael. Ideologia y Politica Exterior Estadounidense. New Haven, Connecticut: Yale University Press,1987, págs. 79
[10] La imagen fue tomada del sitio: http://www.voltairenet.org/article126836.html