jueves, 3 de mayo de 2007

Empieza la expansión


El desarrollo de la política exterior norteamericana desde el final de la Guerra Civil hasta la culminación del mandato presidencial de Theodore Roosevelt[1] confirma, en gran medida, las predicciones del realismo clásico: “quienes tomaron las decisiones centrales, el Presidente y sus asesores más cercanos, expandieron la influencia del país en el exterior cuando percibieron un aumento en el poder del Estado”[2]. Las décadas posteriores a la Guerra Civil fueron el comienzo de un largo periodo de crecimiento de los recursos materiales del país. Pero este poderío nacional yacía adormecido bajo un Estado débil, descentralizado, difuso y dividido. Los presidentes y sus secretarios de Estado intentaron, muchas veces, transformar la fuerza creciente de la nación en influencia externa; pero se encontraron al frente de una estructura nacional con una burocracia minúscula, que no podía obtener hombres ni dinero de los estados federales ni de la sociedad en general. El Presidente, además, debía luchar con un Estado que frenaba sus posibilidad de transformar en política nacional sus decisiones administrativas; el Congreso estaba en condiciones de impedirle ejercer su voluntad, y con frecuencia lo hacía. Se negó a aprobar, por ejemplo, el servicio civil y la reforma militar, y el Senado rechazó varios proyectos de anexión propuestos por el Poder Ejecutivo. Durante este periodo, el poder de la Presidencia pasó por su nivel más bajo en toda la historia del país: Andrew Johnson fue sometido a juicio político por atreverse a despedir a su secretario de Guerra sin la aprobación del Congreso. Asimismo, la deuda nacional sin precedentes dejada por la Guerra Civil alimentó una sensación de debilidad y bancarrota nacionales que aumentó la tensión. Los Estados Unidos de América llegaron a ser una extraña gran potencia: “una nación fuerte con un Estado débil”[3]
Las décadas de 1880 y 1890 marcaron el comienzo del moderno Estado norteamericano, que surgió principalmente para afrontar las presiones internas generadas por la industrialización. Las exigencias de una economía nacional creciente, junto al fracaso de los intentos del Congreso por obtener la supremacía, dieron al gobierno federal una estructura más centralizada, menos política y más racional. Y, en su condición de único funcionario del gobierno elegido nacionalmente, el Presidente emergió con una autoridad fortalecida. Esta transformación de la estructura del Estado complementó el crecimiento continuado del poderío nacional, y antes de promediar la década de 1890, el Poder Ejecutivo ya estaba en condiciones de prescindir el Congreso, o de ejercer presión sobre él, para llevar los intereses norteamericanos al exterior. La resonante victoria en la guerra hispano-norteamericana cristalizó la percepción del creciente poderío de los Estados Unidos, tanto dentro del país, como fuera de él. “De acuerdo con la obra de Robert Jervis y Aaron Friedberg, este estudio confirma que la comprensión de los hombres de Estado sobre el poderío de sus naciones cambia súbitamente, y que los desencadenantes de esos cambios son las crisis y los acontecimientos como las guerras, más que las mediciones estadísticas”[4] Habiendo derrotado en el campo de batalla a una gran potencia europea, los Estados Unidos se expandieron con rapidez en los años inmediatamente posteriores. Varios objetivos, sometidos a consideración durante décadas, la anexión de Hawai y Samoa, por ejemplo, se hicieron realidad en pocos meses. En el momento de mayor fuerza y seguridad, después de expulsar a España del hemisferio occidental y aceptando como única presencia europea en las Américas a Gran Bretaña, los Estados Unidos decidieron llenar el vacío resultante expandiendo su influencia. Gracias a su reconocida jerarquía de gran potencia, las amenazas reales a la seguridad de los Estados Unidos disminuyeron desde entonces, y esa mayor seguridad impulsó más activismo y expansionismo. Cuando tuvieron que afrontar verdaderas amenazas los Estados Unidos optaron casi siempre por reducir su agresividad en lugar de expandirse para contrarrestar la fuerza del enemigo, como habría previsto el realismo defensivo. Con el nacimiento de la nueva Presidencia bajo el mandato de William Mckinley, surgió una relación de unión entre el Poder Ejecutivo nacional y una activa política exterior que se continuó a lo largo de todo el siglo XX. Thedore Roosevelt aprovechó los poderes que le dejó Mckinley y desarrolló otros nuevos, como el uso de acuerdos ejecutivos en lugar de tratados. “La Era del Progreso fortaleció aun más al Estado norteamericano, también, en este caso, principalmente por razones internas, y los grandes beneficiarios de la nueva autoridad fueron el gobierno nacional y el Presidente”[5] Después, y aunque por largo tiempo defendió un gobierno parlamentario, Woodrow Wilson llegó a ser un jefe del Ejecutivo particularmente expansionista y partidario de decisiones unilaterales en cuestiones de política exterior.
[1] La imagen fue tomada del sitio: http://www.visitingdc.com/president/theodore-roosevelt-picture.htm
[2] Zakaria, Fareed. De la riqueza al poder. Princeton: Princeton University Press, 1998, págs.23
[3] Keohane, Robert. Neorealism and its Critics. Nueva York: Columbia University Press, 1986, págs.81
[4] Hunt, Michael. Ideologia y Politica Exterior Estadounidense. New Haven, Connecticut: Yale University Press,1987, págs. 63
[5] Zakaria, Fareed. De la riqueza al poder. Princeton: Princeton University Press, 1998, págs.24